Umberto Eco. Hasta la derrota final

Escribí un libro sobre Umberto Eco, sobre su jovial y sagaz manera de mirar, de examinar, de hallar sentido a las cosas. ¿Su título? Leer el mundo. Visiones de Umberto Eco. Lo editó La Huerta Grande en 2017.

El sabio italiano tenía la capacidad de estudiar lo abstruso, lo difícil. Bien mirado, lo abstruso no es tan complejo: no es tan complejo si disponemos de recursos, de criterios, de utensilios.

Con ellos podremos desarmar o desactivar un mecanismo que funciona al margen de nuestra voluntad. Pues bien, Eco tenía la habilidad de hacer accesible lo que de entrada nos parece inabordable.

Eco no se cansaba de repetirlo: para alcanzar esa habilidad necesitamos peritaje, esfuerzo, regular empeño y mucho sentido común.

El conocimiento técnico es precisamente eso: disponer de herramientas, las adecuadas, y cierta pericia para abrir los artefactos, para descubrir su constitución interna.

Pero, por otra parte, el saber va más allá de lo técnico, de lo meramente técnico. El saber es, en el fondo, una facultad de la sensatez, del acierto, de la prudencia analítica.

Un tipo sabio no es necesariamente alguien erudito. Un sabio es un humano razonable que razona con mesura, un sujeto que averigua cómo funciona su pequeño mundo, cómo debe obrar y cuál es el sentido práctico que debe aplicar.

Umberto Eco siempre defendió esta forma de sabiduría. Defendió esa perspicacia que nos permite acercarnos a las cosas, que nos permite observarlas, apreciando aquello que es familiar y aquello que es extraño, distinguiendo lo que nos es propio de lo que nos es ajeno.

Pero Umberto Eco tenía también la capacidad de examinar lo vulgar, lo cotidiano, lo cercano: aquello que por estar próximo se nos antoja evidente, cuando justamente eso tan ordinario no es ni obvio ni natural.

Todo le llamaba la atención, todo era objeto de observación, todo le procuraba un disfrute, un placer que revelaban su actitud y su prosa. Hasta de las cosas más banales o irrelevantes podía aprender.

Durante años, en mi juventud, leí a Umberto Eco. Leí aquellos ensayos suyos que se centraban en la semiótica. Pero también leí aquellos otros que trataban temas de actualidad, recopilaciones de artículos aparecidos en la prensa y que abordaban problemas del presente, de lo cotidiano.

Sus ensayos urgentes, sus escritos circunstánciales, siempre estaban concebidos con ironía y paradoja, con guasa e inteligencia.

Umberto eco era capaz de estudiar el problema de la estética en Santo Tomás para después analizar las formas narrativas de ‘Superman’, el cómic. Era capaz de examinar la retórica del ‘Manifiesto Comunista’ para después pasar a los aforismos de Oscar Wilde.

¿De qué va mi ensayo, mi librito? Trata del maestro, por supuesto. Trata del gran estudioso italiano, del semiótico nacido en Alessandria. Trata de cómo miraba el mundo. O, mejor dicho, de cómo lo leía.

Primero. El mundo es un lugar extraño lleno de artefactos y cachivaches, de señales y signos que nos permiten orientarnos o confundirnos.

El segundo. El mundo es un repertorio de textos afines y contradictorios, conexos e inconexos, razonables e insensatos.

Tercero. El mundo es un palimpsesto, un espacio cultural sometido a la reescritura constante, al retoque.

Me descubro. En las páginas de ese libro descubro mi implicación, el amor intelectual que profesé y aún profeso a quien supo observar y leer como nadie.

Fíjense que no digo escribir. Digo observar y leer: como actos analíticos y como actos creativos, cosa que Umberto Eco hizo admirablemente y de quien todavía queremos aprender.

Aprender: eso significa mirar con cuidado, con cierta parsimonia. No leemos para rápidamente entender lo que se nos dice. No hay manera de entender por completo el mundo y lo que nos sucede.

Nos valemos de manuales de instrucciones, de ciertas prosas eficaces que nos enseñan a accionar aparatos, pero también nos servimos de textos antiguos y ambiguos, incluso poéticos, que son casi indescifrables al tiempo que nos emocionan y confunden.

Leemos porque ello nos procura el mayor deleite y porque nos hace saber los límites de nuestra ignorancia, que jamás colmaremos.

Leemos, con Eco, porque todo es signo descifrable, o parcialmente descifrable, indicio de algo que no está, resto de un acto consumado. Y humano.

Por eso nos ponemos a mirar y a conjeturar relaciones potenciales, significados posibles entre las palabras y las cosas. “Tutto c’entra con tutto”, dice uno de los personajes de Eco.

Es tan divertido leer así. Es tan apasionante concebir la vida como una sucesión de pesquisas y de relaciones que vamos postulando. Eso sí, con prudencia…

Y ello a pesar de los yerros y de las derrotas. O precisamente por ello: jamás liquidaremos todos los problemas que nos acucian; nunca aclararemos enteramente los enigmas.

Para Eco, escribir era remendar un libro y otro libro y otro libro. Era mejorar lo que no acaba de salir, de salir redondo, lo que no podía salir redondo.

Umberto Eco tiene páginas muy hermosas dedicadas a glosar esas pequeñas derrotas que él supo convertir en logros llevaderos.

El conocimiento es deriva e ignorancias no colmadas, un avance tras otro, hasta la derrota final.

“Ci vediamo domani, signor Professore”.

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